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domingo, 20 de mayo de 2018

Despertar de mambo

Imagen tomada en Madrid, entre el 10 y el 20 de abril de 2018 en el barrio de La Latina.

Caminaba por Madrid menos de un kilómetro al norte de la Gran Vía y a unas pocas calles de distancia del Río Manzanares. Para un nativo de Buenos Aires como yo, estas calles y sus angostos balcones que más que eso son ventanales con cornisas ornamentadas en fachadas antiguas nada descuidadas remiten al barrio de San Telmo - remite en verdad a la Avenida de Mayo - donde en una fantasía megafoneana* imagino un hipotético lugar para vivir, ya como ciudadano argentino o como neo-madrileño en un simulacro de exilio cuando a mi regreso las ciudades europeas sean sólo fotos, recuerdos y distancia.
  Recuerdo haber levantado la cabeza y haber visto a una chica en un balcón, acodada sobre la enana baranda de hierro, fumando. Yo era un nene con la boca entreabierta observando - descubriendo - a una mujer joven fumando en el balcón de un primer o segundo piso, ya no recuerdo, y mirando su ropa nada sugerente de entrecasa.
  Por un momento quise ser esa mujer; quise ser esa mujer y sentir mis manos sosteniendo el cigarrillo que llevaría a mi boca y apoyar suavemente los labios secos en el filtro, aspirar apenas y sentir cómo se infla mi pecho y sentir mis tetas, y también sentir cómo no las aprieta el corpiño y rozan la tela de la camiseta. Quería ser esa mujer y estar vestido o vestida como ella; y verme, pero verme a mí misma con los ojos y desde la perspectiva de ese muchacho en la calle con la boca algo abierta, y después entrar al apartamento y verme desnuda; desnuda como yo sola podría verme.

*Alusión a la novela "Megafón, o la guerra" de Leopoldo Marechal. Al escribir el texto el autor había emprendido un viaje de algunos meses por Europa, inspirado en parte por esta novela, y a los últimos días escribe de ese viaje escribe este texto. Previo al viaje, el autor se identificó con una frase en la novela que hablaba sobre Megafón expresando su deseo de viajar: "[...]¡Viajar!¿Cómo y a dónde? Megafón no me lo dijo, pero en el bar del club y entre ruidosas muchachadas advertí que todo él ya era una gran ausencia y una temible lejanía.[...]".

jueves, 23 de noviembre de 2017

Cuarto rosa

Estábamos acostados, desnudos, las piernas enredadas, pero espontáneamente enredadas. Las sábanas extendiéndose desprolijamente bajo nuestros cuerpos. Podía no pensar, entregarme al momento, sentir su piel. Su piel se sentía como el único instante donde nada nos oprimía, nada nos juzgaba, nadie nos miraba. Estar acostados se sentía como si sólo ella y yo existiéramos.
  Caminábamos desnudos por el departamento, siempre desnudos. Estar desnudos era un acto de honestidad. No necesitábamos hablar, contarnos nuestra vida. En nosotros, en las personas, ya no hay instinto, y entre nosotros, que apenas hacía unas horas que nos conocíamos, había una honestidad tal de llevar comida a la cama y comer desnudos.
  Podía no pensar, y sin embargo, sin quererlo, lo hacía. La tristeza de que eventualmente ya no sería de noche, que tendría que irme y que esa noche moriría y esas versiones de nosotros serían extemporáneas, me dominaba a momentos.
  Nos habíamos liberado de nosotros por un rato, pero jamás nos liberaremos del tiempo.

Texto inspirado por la canción Cuarto Rosa del disco de Marcelo Sasso Perlas Abruptas.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Nerina o la realidad

Nunca comprendimos a Nerina, y quizá aquel fue el mayor estigma – el de la persona negada – que cargó mi familia durante el tiempo que vivimos en el barrio de Once, y en menor medida cuando lo hicimos en Villa Urquiza.
  Nerina llevó ese nombre en homenaje a una tía de nuestra madre, que beneficiaba con dinero cada casa de nuestra familia, pero que procuraba visitar mensualmente cada una para mostrarnos a una mujer que, con total soberbia, nos mantenía a costa de saber que llegado cierto punto más dinero no le servía, no le cambiaba significativamente la calidad de vida y hasta le generaba la trabajosa tarea de administrarlo; aunque yo estoy seguro que si la tecnología y el turismo le hubieran propuesto algo nuevo, la tía se habría olvidado de nosotros y hubiera salido a comprar la novedad. El homenaje fue en vida, ya que la tía alzó a Nerina – segunda de cuatro hermanos – ni bien ésta había nacido.
  Nerina heredó de la tía más que el nombre; y si bien la tía murió cuando la niña tenía apenas 3 años, durante toda su vida la viva cargó con el estigma de la muerta, y nosotros con el estigma de la viva.
  Cierto es que Daniel, nuestro hermano mayor, que le llevaba dos años a Nerina, no comprendió nunca la independencia y oscuridad que se le otorgó a ésta, y aun recuerda el día que a la niña de 5 años le alquilaron un departamento en un edificio a la vuelta de donde nosotros vivíamos, en ese entonces en el barrio de Once.
  Al año de aquel suceso nací yo, e ignoré la existencia de esta hermana hasta cumplir los 12 años, cuando mi hermano mayor, ya barbudo, me contó a dónde iba papá los días 1 de cada mes, cargando consigo su pequeño bolso de cuero. Papá dejaba un sobre de dinero – que más tarde supe, era una mensualidad producto de la herencia de aquella tía –, y una carta escrita y firmada en máquina de escribir, donde el mayor rastro humano era, nada más, la presencia de palabras. Papá tocaba la puerta y se iba, dejando el sobre y la carta al pie de la misma.
 Para el 5to cumpleaños de mi hermano menor José Ignacio, yo tenía 13 años. Varias veces le conté a Daniel que vi a una joven, de pelo largo y enmarañado, de postura curva y expresión de resentimiento, mirándome por la mañana desde brumosas lejanías. Con su cara atónita pobremente disimulada, mi hermano se desentendió como pudo, y al mes nos mudamos a un PH espacioso en el barrio de Villa Urquiza.
 Los años fueron pasando. Mamá murió de cáncer cuando mi hermano menor cumplió 12 años; y papá murió en un accidente años después, aunque hasta último momento concurrió los días 1 de cada mes al departamento de Once.
  Sucedieron tres meses consecutivos donde, cansado, papá dejaba la carta que mensualmente le dejaba a Nerina, junto con el sobre de dinero, en la máquina de escribir. Ésta decía

Nerina, hija, sé que estás bien, y agradezco por ello a Dios. Tu hermano, mamá y yo estamos muy bien. Te adjunto en el sobre el dinero correspondiente.

Atte. Papá

  Esta carta era la misma siempre, con el mismo contenido, y sólo variaba la fecha.
  Sin duda, Nerina debía ignorar mi existencia y la de José Ignacio, que nacimos posterior a su mudanza. Esto nos liberaba a mí y a mi hermano menor de cualquier responsabilidad o culpa, pensé; pero no así a Daniel, que llegó a vivir algunos años con ella.
  Supe dónde vivía, y tenía la sospecha de que Nerina era aquella que miraba desde brumosas lejanías. Los años no me sacaron de la memoria la imagen de quien yo creo mi hermana, y la duda de si ella me habrá visto. La duda más urgente de si habrá comprendido quién soy me abruma a veces antes de dormir.
  Los años finalmente se llevaron las vidas de papá y mamá, pero no así sus deudas para con este mundo. Nerina seguía allí, en el departamento de Once, y yo suponía que nadie le acercaba carta alguna acompañada de la mensualidad correspondiente. José Ignacio y yo éramos ajenos, y Daniel preservaba eso con total responsabilidad.
  Hacia fines del siglo ya éramos viejos los tres. En mi cabeza se dibujaban varias historias sobre la suerte de Nerina, que quizá supo de la ausencia de nuestros padres al deducir el motivo por el cual la carta y la mensualidad desaparecieron. Este pensamiento desapareció una tarde, cuando reconocí en la casa de Daniel la máquina de escribir donde papá figuraba las mismas líneas los días 1 de cada mes. Reconocí el texto habitual, comentando que, incluyendo a los muertos, Daniel estaba bien. La carta estaba como siempre, firmada con letra de máquina en nombre de papá; la hoja, sin embargo, era nueva. Nerina aún vivía, y Daniel asumió la tarea de papá.
  Un día, Daniel me pidió que lo acompañe al cementerio; yo lo acompañé, ya que entramos en esa edad donde uno visita el cementerio para ir acostumbrándose. La tumba era de Nerina, que yacía en un hermoso ataúd, de una hermosa madera y ornamentos de plata. Desde ese día, Daniel se veía mejor que siempre; se había sacado un peso de encima, aunque creí ver en sus ojos algún dolor por la muerte de su hermana. Daniel murió dos meses después que Nerina, habiendo cumplido con la obligación heredada. Yo decidí enterrar el último recuerdo sobre nuestra hermana, y fui al departamento en Once para retirar las pertenencias y entregar el departamento.
  Aquel día quizá conocí a mi hermana, y era una pena hacerlo con ella muerta. En el departamento, un sinfín de lienzos con escenas figuradas colgaban de las paredes, o se exhibían majestuosos en atriles. Retratos de distintas personas poseían miradas diversas, quizá la única compañía de Nerina en aquella proscripción. Había, sin embargo, una foto en la mesita de luz; era de una joven, de pelo enmarañado, espalda curva; se notaba que en ese momento realmente quería sonreír, porque esa sonrisa contrastaba en lo forzoso de alguien que nunca lo hace. Aquella era mi hermana.
  Quizá hay gente que nace para estar sola; gente que en la soledad se figura efigies, y las hace reales para poder contar con una compañía agradable. Quizá con nosotros, Nerina hubiera fracasado en la monotonía, en la costumbre de conformarse con la familia; y quizá esta cadena de estigmas hizo nuestras vidas más significativas. Quizá guarde la foto de mi hermana; y quizá quiera estar solo.