Nunca comprendimos
a Nerina, y quizá aquel fue el mayor estigma – el de la persona
negada – que cargó mi familia durante el tiempo que vivimos en el
barrio de Once, y en menor medida cuando lo hicimos en Villa Urquiza.
Nerina llevó
ese nombre en homenaje a una
tía de nuestra madre, que beneficiaba con dinero cada casa de
nuestra familia, pero que procuraba visitar mensualmente cada una
para mostrarnos
a una mujer que, con total soberbia, nos mantenía a costa de saber
que llegado cierto punto más dinero no le servía, no le cambiaba
significativamente la calidad de vida y hasta le generaba la
trabajosa tarea de administrarlo; aunque yo estoy seguro que si la
tecnología y el turismo le hubieran propuesto algo nuevo, la tía se
habría olvidado de nosotros y hubiera salido a comprar la novedad.
El homenaje fue en vida, ya que la tía alzó a Nerina – segunda de
cuatro hermanos – ni bien ésta había nacido.
Nerina heredó de la tía más
que el nombre; y si bien la tía murió cuando la niña tenía apenas
3 años, durante toda su vida la viva cargó con el estigma de la
muerta, y nosotros con el estigma de la viva.
Cierto es que Daniel, nuestro
hermano mayor, que le llevaba dos años a Nerina, no comprendió
nunca la independencia y oscuridad que se le otorgó a ésta, y aun
recuerda el día que a la niña de 5 años le alquilaron un
departamento en un edificio a la vuelta de donde nosotros vivíamos,
en ese entonces en el barrio de Once.
Al año de aquel suceso nací
yo, e ignoré la existencia de esta hermana hasta cumplir los 12
años, cuando mi hermano mayor, ya barbudo, me contó a dónde iba
papá los días 1 de cada mes, cargando consigo su pequeño bolso de
cuero. Papá dejaba un sobre de dinero – que más tarde supe, era
una mensualidad producto de la herencia de aquella tía –, y una
carta escrita y firmada en máquina de escribir, donde el mayor
rastro humano era, nada más, la presencia de palabras. Papá tocaba
la puerta y se iba, dejando el sobre y la carta al pie de la misma.
Para el 5to cumpleaños de mi
hermano menor José Ignacio, yo tenía 13 años. Varias veces le
conté a Daniel que vi a una joven, de pelo largo y enmarañado, de
postura curva y expresión de resentimiento, mirándome por la mañana
desde brumosas lejanías. Con su cara atónita pobremente disimulada,
mi hermano se desentendió como pudo, y al mes nos mudamos a un PH
espacioso en el barrio de Villa Urquiza.
Los años fueron pasando. Mamá
murió de cáncer cuando mi hermano menor cumplió 12 años; y papá
murió en un accidente años después, aunque hasta último momento
concurrió los días 1 de cada mes al departamento de Once.
Sucedieron tres meses
consecutivos donde, cansado, papá dejaba la carta que
mensualmente le dejaba a
Nerina, junto con el sobre
de dinero, en la máquina de
escribir. Ésta decía
Nerina, hija, sé que estás
bien, y agradezco por ello a Dios. Tu hermano, mamá y yo estamos muy
bien. Te adjunto en el sobre el dinero correspondiente.
Atte. Papá
Esta
carta era la misma siempre, con el mismo contenido, y sólo variaba
la fecha.
Sin
duda, Nerina debía ignorar mi existencia y la de José Ignacio, que
nacimos posterior a su mudanza. Esto nos liberaba a mí y a mi
hermano menor de cualquier responsabilidad o culpa, pensé; pero no
así a Daniel, que llegó a vivir algunos años con ella.
Supe
dónde vivía, y tenía la sospecha de que Nerina era aquella que
miraba desde brumosas lejanías. Los años no me sacaron de la
memoria la imagen de quien yo creo mi hermana, y la duda de si ella
me habrá visto. La duda más urgente de si habrá comprendido quién
soy me abruma a veces antes de dormir.
Los
años finalmente se llevaron las vidas de papá y mamá, pero no así
sus deudas para con este mundo. Nerina seguía allí, en el
departamento de Once, y yo suponía que nadie le acercaba carta
alguna acompañada de la mensualidad correspondiente. José Ignacio y
yo éramos ajenos, y Daniel preservaba eso con total responsabilidad.
Hacia
fines del siglo ya éramos viejos los tres. En mi cabeza se dibujaban
varias historias sobre la suerte de Nerina, que quizá supo de la
ausencia de nuestros padres al deducir el motivo por el cual la carta
y la mensualidad desaparecieron. Este pensamiento desapareció una
tarde, cuando reconocí en la casa de Daniel la máquina de escribir
donde papá figuraba las mismas líneas los días 1 de cada mes.
Reconocí el texto habitual, comentando que, incluyendo a los
muertos, Daniel estaba bien. La carta estaba como siempre, firmada
con letra de máquina en nombre de papá; la hoja, sin embargo, era
nueva. Nerina aún vivía, y Daniel asumió la tarea de papá.
Un
día, Daniel me pidió que lo acompañe al cementerio; yo lo
acompañé, ya que entramos en esa edad donde uno visita el
cementerio para ir acostumbrándose. La tumba era de Nerina, que
yacía en un hermoso ataúd, de una hermosa madera y ornamentos de
plata. Desde ese día, Daniel se veía mejor que siempre; se
había
sacado
un peso de encima, aunque creí ver en sus ojos algún dolor por la
muerte de su hermana. Daniel murió dos meses después que Nerina,
habiendo cumplido con la obligación heredada. Yo decidí enterrar el
último recuerdo sobre nuestra hermana, y fui al departamento en Once
para retirar las pertenencias y entregar el departamento.
Aquel
día quizá conocí a mi hermana, y era una pena hacerlo con ella
muerta. En el departamento, un sinfín de lienzos con escenas
figuradas colgaban de las paredes, o se exhibían majestuosos en
atriles. Retratos de distintas personas poseían miradas diversas,
quizá la única compañía de Nerina en aquella proscripción.
Había, sin embargo, una foto en la mesita de luz; era de una joven,
de pelo enmarañado, espalda curva; se notaba que en ese momento
realmente quería sonreír, porque esa sonrisa contrastaba en lo
forzoso de alguien que nunca lo hace. Aquella era mi hermana.
Quizá
hay gente que nace para estar sola; gente que en la soledad se figura
efigies, y las hace reales para poder contar con una compañía
agradable. Quizá con nosotros, Nerina hubiera fracasado en la
monotonía, en la costumbre de conformarse con la familia; y quizá
esta cadena de estigmas hizo nuestras vidas más significativas.
Quizá guarde la foto de mi hermana; y quizá quiera estar solo.
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